dimecres, 3 d’agost del 2011

Labyrinths and roller coasters.


Miremoslo de este modo: el amor es, en cierto modo, como un laberinto: es fácil entrar pero muy difícil salir. Entras como quien no quiere la cosa, pensando que, como es un laberinto chiquitito, te será fácil salir de él. Gran error. Por muy pequeño que sea, el laberinto del amor tiene muchas curvas, subidas, bajadas, paredes que te impiden el paso y callejones sin salida. ¿Cómo salir, entonces, de semejante... tortura?
No puedes. No puedes salir. No puedes escapar. Para ello necesitas de alguien que te guíe hacia la salida y, muchas veces, es la misma persona que te metió en él...


Del mismo modo, podemos ver el amor como una montaña rusa. Te sientas (le conoces), te aseguras de estar bien sujeto (la seguridad de saber que le amas), el cosquilleo en el estómago de los nervios previos al arranque (las mariposas en el estómago de cuando te vas a confesar), el arranque de la atracción (se lo dices, le confiesas todo tu amor) y, aquí, puede tomar dos direcciones: la subida (eres correspondida), que suele ser lenta, dulce y suave (los primeros momentos de la relación); o la bajada (no eres correspondida), rápida, caótica, agonizante (la depresión de saber que no te ama).
Si tu camino ha sido la subida, como en mi caso, aquí no acaba la cosa. Después de la subida viene una bajada mayor (la primera discusión, con toda tu tristeza incluida) que puede volver a subir (os habéis arreglado) o que puede continuar en línea recta (hay un parón).
Y así va pasando la relación... subes, bajas, subes, bajas... Tus emociones y tu estado de ánimo dependen pura y enteramente de la persona a la que amas...
Hasta que, principalmente de golpe y sin previo aviso, el vagón se para. Te preguntas ¿qué ha pasado?, ¿por qué se para?, ¿qué he hecho de malo? y, prácticamente, te obligan a bajar del vagón.
Bajas, aturdida: ha sido emocionante, divertido y perfecto. Tanto, que no querías que terminara. No quieres que termine...
Pero muchas veces no depende de ti.
Así que lo único que te queda es tragarte el nudo que tienes en la garganta, aguantarlo en el estómago, e intentar no llorar...

Por mi parte, sólo espero que este vagón, MI vagón, no se pare nunca. Que el conductor no me obligue a bajar de él... Porque nunca se me ha dado bien tragarme los nudos o aguantarme las ganas de llorar.
Y más después de querer, de amar a alguien de este modo...
Sigue en marcha. Sigo en marcha. Voy intercalando grandes subidas con pequeñas bajadas. Es como una de cal y otra de arena. Pero prefiero eso a estar parada; porque esto, lo de ahora, esas grandes subidas y esas pequeñas bajadas, significan que nos da miedo cagarla, que nos importa la seguridad del vagón... En cambio, si se parara, si tú lo detuvieras... creo que me volvería loca.




Me ha tocado la lotería.